viernes, julio 14, 2006

Cerrado por vacaciones...

... bueno, y aparte por una abducción en forma de boda.

Volvemos en Septiembre.

4 comentarios:

Remo dijo...

¡¡¡EEhhh!!! ¡¡Enhorabuena!! Nos leeremos en septiembre, pues.

Hairanakh dijo...

¿Abducción en forma de boda? ¿Ahora hay que llamarte de usted? :-) ¡Pues enohrabuena, hombre!

("Laboratorios de Gluón Con Leche y Familia"... suena interesante)

Jody Dito dijo...

¡¡¡una boda!!!.....¿de usted?........horror!!!!!

Anónimo dijo...

BIOGRAFÍA DEL MAESTRO LIU CHENYUAN



El maestro Liu Chenyuan nació en el año 1917 en la ciudad de Tientsin, provincia de Hebei. Su padre era un militar de fuerte carácter, muy estricto a la hora de educarle. Era maestro de Shaolín y enseñaba a un escogido grupo de alumnos.

Cuando alguien quería iniciarse en la práctica del estilo, simplemente se incorporaba a una clase que siempre se iniciaba con una sesión de Ma Pu (posición del caballo). Así, el principiante junto con el resto de los alumnos tenía que aguantar durante una hora. El tiempo se medía por el toque lento y cadencioso de un gran tambor, como los que se utilizan para la danza del león. Si el recién llegado se levantaba antes de tiempo, sabía que debía abandonar la clase y no le estaba permitido volver. Y no era más indulgente con su hijo Liu, a quien instruyó desde la infancia en Shaolín y Taiji Quan, arte este último que sólo enseñaba a miembros de su familia.

El maestro Liu contaba que en una ocasión, mientras practicaba San Kai Tai, una dura variante de Ma Pu que se realiza de puntillas y con los brazos en alto, pidió permiso a su padre para ir al lavabo. Este le dijo que eso no era posible durante el entrenamiento y le obligó a no abandonar la posición hasta que no pudo más y se orinó encima, a pesar de lo cual debió continuar el tiempo prescrito.

También le obligaba a practicar las formas de Taiji Quan todos los días, cosa que Liu odiaba por parecerle un estilo propio de viejos. Él prefería practicar Shaolín, ya que tenía la ilusión de llegar a ser un gran luchador, pero su opinión había ido cambiando con el tiempo: primero por la estima que tenía su padre a dicho arte y después por lo que había podido observar en varios miembros de su propia familia. Un tío suyo, tan aficionado como él a entrenamientos duros y especialmente a golpear los postes a diario, acabó por contraer una enfermedad degenerativa, lo cual indicó al maestro Liu que quizá no era tan rentable practicar dichos entrenamientos si luego había que pagarlo tan caro.



Otra persona que le influyó fue su hermana, una practicante muy seria y constante de Taiji Quan. Él recordaba verla entrenar a diario. Le contaron que en cierta ocasión un conocido se había puesto demasiado cariñoso con ella y le había pasado un brazo por los hombros, gesto nada correcto en aquellos tiempos. Ella le propinó tal golpe en la mandíbula que le dejó tendido en el suelo fuera de combate.

Poco a poco fue dándose cuenta de que el Taiji Quan no era tan "blando" como parece a primera vista. Pero lo que le terminó de convencer fue una situación aparentemente nada marcial. Se celebraba una comida al aire libre con la asistencia de varios vecinos, cuando sucedió algo inesperado. Un perro se lanzó hacia su madre y ella hizo algo que nadie podía imaginar en una mujer de su edad: saltó con los pies juntos sobre la mesa que tenía a su lado, quedando fuera del alcance del animal hasta que los demás pudieron echarlo de allí. Esto le hizo pensar que merecía la pena practicar algo que puede ayudarte cuando tienes muchos años, en lugar de seguir entrenamientos que te conviertan en un anciano antes de tiempo.

En su juventud siempre estaba dispuesto a aceptar un desafío o a intervenir en una trifulca. Su fuerte constitución y su entrenamiento marcial le hacían salir generalmente victorioso, pero cuando esto llegaba a los oídos de su padre le acarreaba severos castigos.

No siempre que nos contaba sus andanzas de juventud aparecía como vencedor. No se tomaba a sí mismo tan en serio, y en su afán por educarnos nos contaba todo aquello que pudiera ayudarnos a comprender la necesidad de mantener una actitud pacífica.

En otra ocasión se había enfrentado a unos tipos de mala catadura que se estaban poniendo pesados con una señorita. Súbitamente cayó sobre él una lluvia de cuQilladas y a pesar de que pudo desviar varios ataques recibió heridas en hombros y antebrazos y perdió mucha sangre. Salvó la vida de milagro y aquello le hizo tomar conciencia de lo fácil que era perderla por mucho que hayas entrenado y muy preparado que te creas.




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Liu se graduó en la Escuela Especial de Deportes y Artes Marciales Nacionales de Nanjing, pero a los 23 años de edad se alistó en la Academia Militar del Aire en respuesta a la llamada a las armas del presidente Qiang Kai-Shek bajo la consigna "Cien mil jóvenes, cien mil soldados". Realizó la instrucción básica en la India y posteriormente recibió en Estados Unidos adiestramiento como piloto de bombarderos B-25.

En un librito titulado "En memoria de Liu Chenyuan", publicado tras su muerte por miembros de la comunidad China que le conocieron en diferentes épocas de su vida y traducido por uno de sus alumnos españoles, podemos leer:

"Durante su época de servicio militar ... llevó a cabo hechos honorables. Cuando Lu Han desertó, Liu, sin preocuparse por el riesgo que pudiera correr su vida, se enfrentó en el aeropuerto de Kunming con los soldados traidores, arrebatándoles un avión y realizando una gran hazaña, por la que fue recibido en audiencia por el Presidente Qiang, quien le felicitó personalmente. En 1950 fue nombrado Héroe de Guerra del Primer Ejército Nacional".

Él mismo nos contó acerca de este episodio que durante la lucha cuerpo a cuerpo, dos soldados que debían haberse quedado sin balas le lanzaron varios bayonetazos: "sentí cómo una bayoneta me resbalaba sobre el pecho mientras la esquivaba y golpeaba al soldado que tenía delante con el revés de la mano. Noté que otra me rozaba la espalda y tras volverme golpeé al segundo y le vi caer al suelo. Otro que estaba cerca se retiró sin atacarme. Creo que salvé mi vida gracias al Taiji Quan y en parte a que mi chaqueta de aviador estaba helada, pero sobre todo gracias a Dios."

Existen fotos de la ceremonia en que fue condecorado, así como documentos que corroboran este testimonio.

En otra ocasión, tenía orden de bombardear un objetivo con fuertes defensas antiaéreas y otros prefirieron hacerlo desde cierta altura para no correr demasiado riesgo. Liu temía la muerte como cualquiera pero descendió a menor altura y pudo así destruir los objetivos marcados con riesgo de su vida, lo que le valió otra condecoración.

Conviene señalar que no supimos nada de las tres medallas que había recibido hasta después de su muerte. Pero sí nos contó que a veces se preguntaba cuántas personas habrían muerto en las acciones en que participó. Creo que lo sentía como un peso sobre su conciencia, aunque también decía que había tenido que cumplir con su obligación.

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Tras pasar por el ejercito aceptó la invitación de la Universidad Tamkang (en Taipei) para ser profesor de educación física, cargo que desempeñó durante cerca de veinticinco años, hasta que vino a vivir a España. Aquella debió ser una época feliz de su vida ya que, por lo mucho que le gustaba el deporte y la enseñanza, como profesor de educación física debió sentirse a sus anchas.

Tenía algunos alumnos a los que también enseñaba Taiji Quan, aunque no lo hacía demasiado abiertamente, puesto que entonces se concentraba en sus clases en la universidad y al mismo tiempo seguía aprendiendo él mismo.

En aquella época tuvo la ocasión de conocer a diferentes maestros y practicantes de Taiji Quan y hacer amistad con expertos en otros sistemas. Mucha gente había huido del continente y Taiwan se había convertido en una especie de "reserva" de las artes tradicionales, entre ellas varios estilos de Wushu. Pero también abundaban los que buscaban ganar notoriedad en enfrentamientos.

Uno de estos "intercambios técnicos" fue el que sostuvo con un practicante de Garra de Tigre, que demostró a Liu su Gong Fu rompiendo la corteza de un árbol con los dedos. Liu le dijo que su técnica sería eficaz siempre que lograse conectarla. Esto no hizo gracia al "Sr. Tigre" que le propuso una pelea amistosa, prometiéndole no hacerle mucho daño. El maestro Liu ya no se fiaba de las peleas amistosas y no quiso aceptar, pero fue atacado. Esquivó apresuradamente y golpeó con la palma en el rostro de su adversario, dejándole la marca de su mano. Al contar la anécdota Liu comentaba en tono jocoso: "por suerte la pelea no siguió, porque la segunda vez podía no haberme salido tan bien, y el que se hubiese quedado sin cara habría sido yo".

En Madrid fuimos testigos de varios incidentes con personas que se acercaban y mostraban su escepticismo o, de forma más o menos clara, su desprecio por nuestro "baile de señoritas". En aquellos casos Liu solía ofrecer con expresión inocente su antebrazo para que el otro intentara desplazarle. Por lo general esperaba pacientemente a que el descreído se cansara de empujar y se retirase sofocado y abochornado, aunque alguno acabó sacudiéndose el polvo de la ropa, y en una ocasión aplicó a un musculoso y descarado joven un imperceptible "peng" que le levantó del suelo lanzándole despedido hacia atrás. De ninguno de estos episodios salió nadie con el menor rasguño, aunque sí con el ego un tanto maltrecho.

Durante una práctica de Tui Shou, un personaje que aparecía por las clases de El Retiro de cuando en cuando, ansioso por demostrar su nivel marcial, aplicó a Liu un "lui" (un tirón hacia atrás y hacia abajo) por sorpresa y con todas sus fuerzas. Otros le habrían hecho pagar la osadía y la falta de respeto dejándole tendido en el suelo, como mínimo, pero Liu, que no mostró la menor sorpresa, simplemente cedió con un impecable "hua" sin que el tirón tuviese el menor efecto en su cuerpo y le empujó ligeramente en el pecho con el hombro haciéndole levantar un pie. Aquello bastó para que el incauto entendiera el mensaje.

En cierta época circuló entre sus alumnos un vídeo de un famoso maestro chino que enseña Shaolín y Taiji Quan en EE.UU., y llegaron al maestro Liu los comentarios sobre la demostración de enraizamiento que realizaba en el mismo. Nos parecía algo casi mágico y algunos sospechábamos que pudiera tratarse de un truco. Pero él dijo que no era tan difícil, y añadió que aún podía sujetarnos a cinco de nosotros con un solo brazo. Debió percibir cierto escepticismo, así que decidió demostrárnoslo:

Escogió a sus alumnos de mayor peso entre los habituales, a excepción del más veterano, que debía encargarse de cronometrar cinco segundos. Nos colocamos en fila uno detrás de otro. Sumábamos más de 350 Kg. Maliciosamente y para que no quedase duda del resultado, adoptamos la misma posición con el peso sobre la pierna derecha atrasada y empujamos todos a la de 3, para hacer un efecto seco y coordinado. Todos a una, dimos un empujón tremendo y el primero de nosotros, que era el más fuerte, quedó aplastado contra el antebrazo del maestros. El segundo iba doblando los brazos poco a poco ante la presión de los otros tres. Sentimos que habíamos empujado con todas nuestras fuerzas, pero intentamos mantener la presión hasta que el cronometrador contó cinco, y tras unos segundos más él cedió y caímos todos unos sobre otros entre risas.

Esto no es nada nuevo para quienes estén acostumbrados a ver demostraciones de Taiji Quan; pero hay que tener en cuenta que el maestro Liu tenía cerca de 70 años, estaba cojo y tenía que adoptar una posición muy corta.


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Resulta paradójico que tras años de peleas callejeras, desafíos marciales y de sobrevivir a una guerra, fuese en un partido de baloncesto donde sufriese la mayor lesión de su vida: una rotura de ligamentos cruzados de la rodilla, la misma que ha apartado a conocidos profesionales de este deporte.

Desde muy pequeño le apasionó el baloncesto, hasta el punto de que en su adolescencia creó junto con otros jóvenes el equipo "Jih-hsin" (Progresar día a día), que se entrenaba en el solar de una serrería abandonada de Tientsin. A pesar de no tener ni siquiera entrenador en sus principios, fueron ganando fama en torneos juveniles regionales hasta llegar a derrotar en 1933 a los ganadores del Trofeo Cinco Universidades de Pei-p'ing (Pekín).

En 1934 fue seleccionado para formar parte del equipo nacional de baloncesto, que aquel año quedó subcampeón de los X Juegos Deportivos de Asia Oriental (antecesores de los actuales Juegos Asiáticos). Con sólo diecisiete años de edad fue nombrado "As Nacional" y el campeón más joven de la selección de baloncesto China.

Volvemos a citar el libro "En memoria de Liu Chenyuan":

"No era alto, pero sus movimientos eran muy ágiles, tanto que los aficionados le pusieron el sobrenombre de 'el tigre bajito'. Sus movimientos eran elegantes, su fortaleza física excepcional, lanzaba a canasta con asombrosa precisión, regateaba y pasaba el balón con tanta habilidad como si fuera una persona de gran estatura. Su compenetración con sus compañeros era perfecta y cada vez que jugaba se le podía ver volar por toda la cancha. A duras penas podían marcarle entre dos jugadores contrarios. Merece ser considerado un personaje excepcional de nuestro baloncesto".

Tras jubilarse y venir a vivir a España, formó aquí un equipo de chinos residentes en nuestro país, a los que aún entrenaba a los setenta años.




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Comencemos la sección de esta pequeña biografía dedicada al tiempo que vivió en España con el artículo que uno de sus alumnos chinos, llamado Li Qih-fang, publicó en el citado recordatorio:
"Desahogando la tristeza - Recordando a nuestro maestro

En el parque del Retiro hay unos nueve mil árboles, tres palacios de exposiciones en los que a menudo se hacen muestras de arte contemporáneo, un enorme lago artificial, en el que puede verse a la gente remando plácidamente, y delante del Palacio de Cristal hay otro gran estanque, donde es común ver a patos y cisnes moviéndose con gracia sobre las aguas o arreglándose perezosamente las alas en la orilla. No lejos del Palacio de Cristal hay una rosaleda con miles de rosales. (...) El lugar donde practicamos las Artes Marciales es una explanada justo al lado de la rosaleda.

Los espacios verdes y amplios de El Retiro proporcionan a los ciudadanos madrileños amantes del deporte un lugar tranquilo y único. Cada fin de semana el parque se llena de corredores, patinadores, ciclistas y 'skateboarders' que muestran sus habilidades, y también hay quien simplemente se sienta en los bancos de madera a tomar el cálido sol o quien empuja un cochecito con un bebé mientras pasea a un perro de aspecto satisfecho. Sin embargo, ¡los que practican T'ai-Qi son los que más provocan la curiosa mirada de la gente!

Conocer al Maestro Liu, siempre lo he creído, ha sido un gran logro en mi vida. Antes era de carácter débil, y las células del deporte no se habían desarrollado en mi infancia. A menudo envidiaba la habilidad y fortaleza de mis compañeros de clase, y mis notas de gimnasia solían llegar al aprobado por los pelos. La suave apariencia externa del T'ai-Qi bastó para despertar el interés en mi interior, pero nunca se había dado una ocasión propicia, y hasta que salí del país para venir a España el T'ai Qi Ch'uan no fue para mí sino un término conocido y típicamente chino.

Empecé a practicarlo de la mano de amistades, y para entonces el Maestro Liu ya era conocido y admirado por su sólido 'Gong fu' en la buena capital de España, Madrid, y le eran confiados una multitud de amigos y estudiantes. Así que con gran esfuerzo y dedicación, lanzando y desviando puños, fue creciendo en mí un gran Ch'i. El Maestro enseñaba con seriedad el origen y utilidad de cada técnica, de cada forma; cuando vino a vivir a España era ya mayor, pero poco a poco fue aprendiendo a decir algunas palabras en castellano, si bien le costaba pasar de las palabras más simples: por esta razón le llamábamos cariñosamente I-tzy Ta´shih (Maestro de una sola palabra).

Los ejemplos que daba en lenguaje corporal eran su mejor método de instrucción; sólo con que él lo modificara un poquito, es como si cada movimiento generara un nuevo sentido. Él nos indicó que nuestro estilo no debe limitarse a repetir de memoria sino que hay que comprender. Qué mentalidad tan moderna. Los que le trataron saben que su buen humor y su pura inocencia impresionaban tanto como su gran corazón y robusto cuerpo, y que cuando saltaba su risa penetrante a veces hacía pensar a la gente que tenían ante sus ojos al mismísimo Buda Maitreya.

A veces le gustaba contar historias de su glorioso pasado. ¡Pero que lejano ¿eh?! Sin embargo, no era como en las fotografías viejas y descoloridas, sino que sus expresivas descripciones siempre les daban nueva frescura y vitalidad."

Dejando a un lado alguna pequeña licencia literaria, que por otra parte armoniza con el estilo requerido en la ocasión, este artículo describe bastante bien la forma de ser y de enseñar del maestro Liu.

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La verdad es que las relaciones entre sus alumnos chinos y españoles eran muy escasas. El motivo de esta circunstancia era la mentalidad de cierta parte de la comunidad China hacia el hecho de compartir sus tradiciones con los españoles. Conocíamos, y en más de una ocasión presenciamos, las presiones que el maestro recibió para que no enseñase su arte a los españoles y se dedicase en exclusiva a los jóvenes chinos.

Casi todos los domingos después de la clase comíamos juntos en determinado restaurante próximo a su casa y pasábamos la tarde con él charlando y recibiendo la parte "teórica" de su enseñanza. Aquellas horas con él eran un verdadero placer.

En una ocasión fuimos a comer a otro restaurante propiedad de un influyente miembro de la comunidad China de Madrid con el fin de probar sus especialidades. Al cabo de un rato salió un señor que no era el camarero y que tras saludar con aparente afabilidad al maestro Liu le dirigió una charla tan extensa que nos llegó a extrañar. El maestro sin perder su eterna sonrisa le contestó también ampliamente y como el tono de la conversación subió un poco nos dimos cuenta de que no estaban hablando del menú precisamente.

Cuando este señor se retiró le preguntamos a Liu qué le había dicho y porqué no parecía haberle gustado su respuesta. Estas fueron sus palabras:

"Era el dueño del restaurante, el señor X, y me ha dicho que al pasar por el Retiro nos había visto entrenando. También me ha dicho que le parece muy bien que me gane un dinero enseñando formas de Taiji pero que no le ha gustado nada que os enseñe aplicaciones marciales y me ha sugerido que cambie mi forma de enseñar y que las artes marciales las reserve para los chinos".

Sobre ascuas, le preguntamos qué le había contestado:

"Le he dicho que vosotros ya sois medio chinos y yo medio español. Además le he dicho que si vivo en este país, como su comida y bebo su agua, ¿por qué no voy a enseñar mi arte a los españoles?"

Aquellas palabras nos llenaron de satisfacción y nos hicieron sentir aún más admiración por él. No creo que al señor X pensase lo mismo, lo cual nos dejó cierta preocupación, ya que al parecer su "influencia" llegaba más allá de sus múltiples negocios. Esta no fue la primera ni la última vez que el maestro Liu recibió este tipo de mensajes.

Pero no todos pensaban así. Alguno de sus alumnos chinos pasaron por nuestras clases y uno de ellos es ahora un buen exponente del WuShu en España. Diré de paso que el maestro tenía alumnos de otras nacionalidades que practicaban con nosotros cuando venían a Madrid.

He aquí parte del texto que le dedicó el Sr. Min-Sheng Pao, en representación de los Estudiantes chinos en España:

"También fue un gran maestro de T'ai-Qi Ch'uan. Creó un grupo de alumnos para enseñarles con total desinterés y sin importarle la procedencia de éstos. Divulgó la cultura China en España, llegando a tener más de cien alumnos, entre los que se contaban más de cuarenta españoles. Liu lo daba todo al enseñar, con lo que se ganó el profundo cariño y respeto de sus alumnos.

"El Sr. Liu no dominaba el español, pero sin embargo se comunicaba con sus alumnos españoles con gran facilidad. El discípulo del cual estaba más satisfecho, F. M., dijo que shifu Liu trataba a la gente con amor y servía a todos con bondad...

"En la cena para recibir el Año Nuevo chino de este año, un Liu enfermo subió al escenario para dirigir la exhibición de T'ai-Qi Ch'uan de la Familia Ch'en (era Yang) que hicieron sus alumnos españoles, y que resultó brillante y excepcional, haciendo mudar el color de la cara del público a causa de la emoción. Todos en pleno se levantaron para aplaudir. El aplauso de nuestros compatriotas está aún presente, aunque él nos haya dejado para siempre......"





Cuando el maestro estaba ya bastante deteriorado por la enfermedad que acabaría con su vida, sus alumnos españoles fuimos invitados a realizar esta exhibición. En aquella ocasión, muy emocionante para nosotros, vimos con nuestros propios ojos el respeto y el cariño de que disfrutaba entre sus compatriotas. Tras las celebraciones se sentó en un sillón próximo a la salida y una gran cantidad de personas le presentaron sus respetos.

El motivo por el que nos presentó a este acto, teniendo en cuenta lo poco proclive que era a la publicidad, fue doble: quería construir un puente entre nosotros y sus compatriotas, como demuestra que en el último viaje que acababa de realizar a Taiwan gestionase y obtuviese la autorización para constituir en España una rama de la asociación de practicantes de Taiji Quan y artes marciales tradicionales a la que pertenecía. Y por otro lado quería incitar a los jóvenes chinos a practicar sus artes tradicionales, que el consideraba fundamentales en su educación y dignas de ser conservadas por sus valores formativos. Estoy seguro que de que sus palabras fueron escuchadas.


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En el texto anterior se afirmaba que Liu Chenyuan "fue un gran maestro de Taiji Quan". La mayoría de los compatriotas de su generación le conocían como jugador de baloncesto (ya sabemos el tirón informativo que tiene el deporte en todas partes). Cuando hizo su último viaje a Taiwan solo unos cuantos de los más viejos artistas marciales conocían su faceta de maestro, pero eso no impidió que se le otorgase un certificado en el que se le asignaba el más alto grado posible en el Taiji Quan. Pudimos ver dicho titulo acompañado de la traducción jurada con que se suele acompañar los documentos oficiales en lenguas extranjeras.

También le concedieron una medalla con forma de flor de ciruelo con un Taiji (yin-yang) en el centro, como reconocimiento por sus méritos en la difusión de este arte en España.

Citamos un último párrafo del librito dedicado a su memoria: "Su estado físico en la vejez era, como había sido siempre, extraordinariamente robusto. Más de cien kilos de peso, voz resonante, Ch'i perfecto. Quién habría imaginado, cuando él decía que saldría del hospital y salió, que desde su ingreso hasta su muerte no transcurriría ni un mes, sin añadir más pesar a sus familiares. Cuando dejó el mundo su expresión era serena, y se durmió pacífica y plácidamente. Lo que asombró a todos fue que había empezado a entrar en el Buda: al exhalar el último aliento hacía con su mano izquierda el gesto del loto frente al pecho, revelándose su profunda devoción hacia Buda, Amitofo".

Esta revelación no lo es tanto para los alumnos más próximos que conocíamos su profunda religiosidad, especialmente su devoción por Buda y KwanYin. El maestro Liu era fundamentalmente budista, pero esto no significaba que excluyese otras creencias. En general, en la sociedad China, el hecho de profesar una doctrina religiosa no implica rechazar las demás, como suele ocurrir en occidente.

Cuando le mostrábamos nuestro interés por el taoísmo, el budismo o el confucianismo, nos decía que había que tomar lo mejor de cada uno sin entrar en comparaciones. Al primero lo llamaba la vía del caballero: saber comportarse correctamente en cualquier circunstancia. Esto implica la cortesía, el rechazo de las conductas y expresiones groseras, el respeto a los mayores, las obligaciones hacia la sociedad, etc.

Del segundo camino, la vía budista, había que aprender a mantenerse en el centro. Esto lo explicaba gráficamente situando su mano derecha abierta verticalmente frente al corazón y señalando que este no debe desviarse en ninguna dirección ni dejarse llevar por las pasiones (odio, deseo, avaricia, etc.), manteniendo siempre el equilibrio interior.

Del taoísmo se extraen las técnicas para a mantener la salud, no solo como ausencia de enfermedades, sino como vitalidad y alegría. La expresión que utilizaba era "Qing Qi Shen" (Transformar la esencia en vitalidad y la vitalidad en espíritu), algo fácil de decir pero tremendamente difícil de conseguir.

Un día, al pasar por la puerta de una iglesia, nos mostró su extrañeza por algo que había observado en la mayoría de nosotros: nuestro interés por las religiones orientales contrastaba con lo poco que nos interesaba la nuestra. Nos preguntó por qué siendo (según él) "buenos Qicos", no visitábamos el templo. Fue imposible hacerle comprender nuestro punto de vista al respecto.

El maestro Liu fue una de esas pocas personas que llegan a interiorizar su educación tradicional y devienen en seres íntegros y fiables hasta el final. Eso es lo que el deseaba para nosotros y así lo demostró: los más cercanos tuvimos la ocasión de visitarle en pequeños grupos durante los últimos días de su vida. Padecía un cáncer muy avanzado, pero según nos contaron sus familiares, los médicos del hospital se quejaban de que se escapaba de su habitación para hacer Taiji Quan en el jardín. Esto es practicar hasta el final.

En una de aquellas visitas nos pidió que ejecutásemos determinados movimientos en su habitación y nos estuvo corrigiendo desde la cama. Difícilmente pudimos contener las lágrimas hasta salir de allí. Esto es enseñar hasta el final.

La última visita fue tras volver a su casa. Cuando llegamos sabíamos que estaba muy mal, prácticamente al borde de la agonía, y que sería la última vez que le veríamos vivo. Se negó a que entrásemos en su habitación. Le sentaron en una silla frente a nosotros, que le mirábamos impresionados por lo consumido que estaba sin atrevernos a hablar. Entonces comenzó a bromear sobre su aspecto hasta que logró hacernos esbozar una sonrisa y cambió el ambiente del lugar, como siempre que estaba él presente. Murió aquella misma madrugada. Esto es afrontar la muerte con valor y pensar en los demás hasta el final.

En sus orígenes, todas las religiones pretenden dos cosas: hacernos mejores y prepararnos para la muerte. Los hechos demuestran que el maestro Liu era una persona verdaderamente religiosa.

Quizá, para terminar, sería conveniente aclarar una duda que posiblemente se plantee quien haya llegado hasta aquí: si Liu Chenyuan era un verdadero maestro y una persona tan extraordinaria, ¿por qué no fue más conocido?

Como suele ocurrir, hay muchas respuestas para cada pregunta. A esta le caben varias. Primero y de modo fundamental, porque no tenía ningún interés en ello. Ya jubilado y con una economía saneada, lo único que le movía era el amor a la enseñanza y el deseo de transmitir lo aprendido a lo largo de su vida.

Quizá otro factor fue que su imagen encajaba mal en nuestro mercado de las artes marciales. No se rodeaba del bombo necesario para impresionar a los que gustan de mitificar a sus a sus líderes. Si, como hacen otros, se hubiese vestido a la antigua y hubiese tratado a sus alumnos con soberbia hubiese impresionado más a los mentecatos. Y después de que un "alumno" utilizara una foto que se había hecho con él para incluirla en la solapa de un libro junto con un texto inventado en el que el maestro supuestamente le señalaba como un gran conocedor del Taiji Quan y le autorizaba a enseñar, Liu se mostró aún más reacio a prestar su imagen o a que se publicase nada sobre él.

Él se refería a uno de los maestros de su padre con una frase que bien podría ser su propio epitafio:

"HAY MAESTROS MUY CONOCIDOS, PERO A LOS VERDADERAMENTE GRANDES LOS CONOCEN MUY POCOS"